A raudales los ecos que asisten a la memoria definen un
nítido paisaje. La corteza (digo fronda, tallo, raíces) de sus árboles aguarda
sus códigos más allá de cualquier catálogo. La huella de quienes desbrozan el
surco en el cultivo del grano feraz es de una recurrente reciprocidad.
En sus lluvias, el ciclo infinito del tiempo no entrega sino
su música asida al canto de los gallos y al croar de una rana milenaria. En sus
ríos un calendario solar inaugura surcos donde sus hombres anclan redes que
atrapan lunas y pájaros en llamas.
Tierra de agua que asocia un linaje anfibio, sus cifras
tatuadas son memoriales para descifrar sus íntimas conexiones.
Geografía que condensa las líneas de un cuaderno de infancia
donde se revelan sus juegos, aromas, colores, decires y adivinanzas (la
picardía de un ojo que aún permanece entreabierto) en un globo que recorre mis
noches en duermevela, insinuándome un astro fugaz, un amanecer/atardecer
insomnes, las eternas acechanzas de la fugacidad que una persistente como terca
escritura pretende atrapar.
Entonces, la memoria aguarda esas voces para nombrarte en el
caudal del río donde el insomne pescador escruta el cardumen y las aves del agua
hunden su vuelo en el celaje, en sus riberas se airean ciudadelas de agua
mientras una embarcación es guiada por un destello silencioso.
Digo cántaro que te
nombra para no olvidarte, nombro guasábara
para volverme piel híspida y anclo
en un marullo de río que se hace memoria sin amanecer. Sólo gota de rocío, olor
de malabar, destello del alba que deshace torpes consejas. Pasos que regresan y
apenas si rozan una higuera encendida en
el bosque.
Ecos de esa memoria que en silencio te nombra.
ALEXIS FERNÁNDEZ
